Ella estaba sentada en su vida, normal, como siempre, lo veía todo, lo escuchaba todo, estaba consciente de lo necesario, y estaba en balance con la sociedad. Un día alguien llegó y le preguntó qué sentía. Ella describió que sentía el aire en sus hombros descubiertos, sentía su corazón palpitar a una velocidad moderada, sentía el peso de su libro sobre sus piernas, sentía la banca sobre la cual estaba sentada aquel fresco día de verano, en el parque... Pero él no quería saber exactamente eso, y ella lo sabía. Calló por un momento, pensando en si debería permanecer así, pues a ella le enseñaron que el sabio calla y habla en ciertos momentos y en ciertas situaciones; o en si debería probar y contestar a tan comprometedora preguta. Optó por tomar la segunda opción, e hizo bien. Ella confesó que no sentía nada. Sorprendido, y sin creer lo que había escuchado, le dijo que no era posible semejante respuesta, y menos semejante verdad. Pues verdad era, y no se había mentido hasta es entonces durante la conversación. Ella dijo que no era algo para alarmarse, que ella no estaba mal. Pero él indignado, dijo que eso era digno de lágrimas. "Lágrimas?" Preguntó ella. "y qué es exactamente eso?". Él, conmocionado le explico lo que una lágrima era físicamente. Y ella, un poco confundida, trató recordar alguna ocasión en la que le hubiera sucedido esa especie de...derrame, y sí, recordó varias ocasiones en su vida en las que había llorado, pero no recordaba por qué exactamente; así que le preguntó al hombre la razón con un normal y convincente "por qué". Y él trató de explicarle todos los motivos comunes y no comunes, buenos y malos, útiles e inútiles... y al finalizar le dijo: "Tuvo usted que haber sentido eso alguna vez." Ella contestó: "Entonces nunca he llorado en mi vida, aunque ninguna de sus aclaraciones me dice si eso es bueno o es malo; supongo, por sus reacciones que para usted es malo. Y eso además de que me me hace quedar como una piedra sin sentimientos, me confunde mas de lo que ya lo estoy, entonces, la siguiente pregunta sería ahora: ¿valdría la pena preocuparme por eso ahora, en este momento, en este lugar? y por consiguiente: ¿tendría que moverme ahora, en este momento de este lugar...? o ¿simplemente no puedo quedarme aquí y esperar, aunque la gente diga que para encontrar se hay que buscar?. El hombre, después de varios minutos de silencio, le contestó: "Entonces usted, ¿espera que el destino con el paso del tiempo venga a usted, le traiga su felicidad y se lleve sus penas y sus problemas? Pues yo diría que no lo esperara más, pero que tampoco salga a buscarlo. La espera le puede dañar, pues nunca se saben los resultados, y el hecho de ansiarlo agitará su orden y su sistema de vida. Así que le pido una muy cordial disculpa por mi anterior reacción, y le aconsejo, no como un amigo, si no como la persona que iba caminando y se sentó a su lado en la banca del parque, que viva, deje vivir y no deje morir, que no espere al destino, pero que tampoco le vaya de encuentro, que encuentre su balance para que un día, (y estoy seguro de ello) alguien encuentre su balance en usted, y cuando menos se lo espere, lo que usted nunca buscó estará ahí, ante sus pies. No fué mi intención alterar su orden ni su sistema, pero sé que tal vez nunca pensó en esto, o tal vez lo pensó demasiado. Nunca pierda la fé en usted, en los demás, ni en Él.
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