Muchas veces no se valora la importancia del silencio. El gusto que da escuchar nada y sus ruidos ocasionales. Éstos se vuelven música cuando se disfrutan en el momento indicado.
Más me hablan y menos estoy.
Con el paso del tiempo uno aprende a manejar el silencio en las situaciones más adecuadas. Cuando no se tiene ningún pensamiento que valga la pena exponer, es mejor callar. Cuando lo que dices puede dañar al receptor de cualquier manera, cuando ésto realmente resulta importante. Cuando no hay frase que realmente haga callar al que la escucha, es cuando realmente se aprende el arte de callar.
Que sutil manera de evocar el silencio.
Muchas palabras me han dañado en algún momento de mi vida. Muchas frases me han llenado y vaciado por completo. Cuántas veces las necesitaba para mi tranquilidad, para después llegar a un estado de indiferencia hacia ellas.
Soy de todas las maneras que quieran que sea, pero al final simplemente osy para mí, porque para cualquier otro sólo llego a ser lo que digo, lo que sale de mi boca.
Me gusta pensar que realmente me importa. Sus voces alimentan mis sentidos.
Pero eventualmente, la indiferencia que me causan las palabras que salen de sus bocas, es exactamente igual a la que me produce lo que sus labios tocan.