Siempre que estoy esperando algo alguien, me siento a tocar el piano. Me entretiene saborear unas notas improvisadas, o estudiar las notas del compás que sigue en una pieza pendiente.
Siempre que estoy ansiosa toco el piano, escalas abrumadoras y fusas infinitas, me relajan y ponen en armonía mis manos con mis pensamientos.
Siempre que estoy triste lloro, pero cuando estoy melancólica toco el piano. Siento que mientras toco Yann Tiersen o Chopin o Beethoven, revivo mis recuerdos y veo venir un futuro lleno de ellos.
Una mañana me despertaron los gritos, y entonces toqué. Es bonito pensar que la primera acción que realicé ese día fue tocar el piano, pero el primer sonido que entró en mi sistema no fue el de un piano, sino palabras desesperadas en un tono innecesario.
Lloré y por primera vez ví caer una lágrima en mi mano. Me di cuenta de que estaba encorvada, y enseguida pero con gran esfuerzo saqué mi pecho y estiré mi espalda, concentrándome en el sonido de las teclas y en el eco del pedal.
Me gusta sentir cómo vibran las cuerdas cuando toco. Me recuerdan que hay algo dentro de la caja del piano, y que tiene vida. Me hacen sentir viva.
A veces me pongo a pensar en la cantidad de personas que han tenido una cajita musical. Las que usualmente tienen la esbelta y correcta postura de una bailarina. Si supieran el tesoro que tienen. Yo nunca tuve una, pero espero que los que sí realmente la disfruten.
Tengo un piano en mi vieja casa. Era de mi madre y es reconstruído. Practicamente lo compraron cuando recién había resucitado. Ahora tengo un piano viejo en mi nueva casa, no es mío, pues lo compraron usado. Ambos están desafinados, pero en realidad no me importa. Suenan bien.
Los dos huelen a eso que pocos logran oler. Como a madera con fragancia fina, con tiempo, con risas, con lágrimas, con futuro, con familia, con amigos, con alma, con distancia, con chocolates, con cielo, con luces, con parituras, con música...